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Queridos hermanos y hermanas:

La semana pasada dedicaba mi carta semanal a la Jornada Mundial de la Propagación de la Fe, el popular DOMUND que hoy celebramos. En dicha carta recordaba el mandato misionero de Jesús: “Id y haced discípulos de todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19-20). Hoy vuelvo sobre un tema del que he escrito en varias ocasiones en los últimos años y del que he hablado también con frecuencia a los sacerdotes y seminaristas: nuestra colaboración como Archidiócesis en la misión ad gentes.

En el año 1957, el Papa Pío XII publicaba la encíclica Fidei donum. Con ella, pretendía estimular la cooperación entre las Iglesias en la misión ad gentes. La Iglesia de Sevilla respondió a este llamamiento enviando un grupo de sacerdotes a distintos países de América Latina, algunos de los cuales siguen en la brecha, a los que saludo con especial afecto y gratitud. Nuestra Archidiócesis se siente orgullosa de haber proporcionado en el pasado a las misiones medios materiales y, sobre todo, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, que habiendo tomado en serio el mandato misionero de Jesús, lo dejaron todo para anunciarlo en los llamados países de misión.

Hoy las circunstancias han cambiado. La secularización creciente, la crisis de la familia, la disminución de las vocaciones y el envejecimiento del clero en los países de vieja cristiandad han tenido como efecto que algunas Iglesias de Occidente se hayan encerrado un tanto sobre sí mismas debilitando su servicio a las misiones. A pesar de todo, también en esta coyuntura hemos de abrirnos con confianza a la providencia de Dios, que nunca abandona a su pueblo y que, con la fuerza del Espíritu Santo, lo guía hacia el cumplimiento de su plan eterno de salvación. Con esta confianza, el 13 de octubre de 2010 marchó a la prelatura de Moyobamba, en la selva peruana, don Diego Román Fernández. Esta prelatura, regida por el clero de Toledo y algunos sacerdotes cordobeses, sólo cuenta con 29 presbíteros para más de 700.000 habitantes esparcidos en 45.000 kilómetros cuadrados, tres veces el territorio de nuestra Archidiócesis.

Hace algunas semanas ha marchado a la referida prelatura para apoyar la labor misionera de don Diego, el sacerdote don Ángel Luis Bayo Vázquez, luego de la ceremonia de envío que yo mismo presidí el día 21 en la capilla de la Virgen de los Reyes de nuestra catedral. El día uno de junio en la misma capilla real tuvo lugar la eucaristía de envío del también sacerdote diocesano don Javier Colón Ibáñez, que acaba de marchar a Zambia a través del Instituto Español de Misiones Extranjeras. Estoy seguro de que el Señor bendecirá este intercambio de dones y recompensará nuestro esfuerzo, exigido por la esencial naturaleza misionera de la Iglesia, enviada por su Señor a anunciar el Evangelio a todas las gentes, obligación gravísima de la que ninguno de nosotros podemos eximirnos.

El Señor encomendó el mandato misionero en primer lugar a Pedro y a los Apóstoles. Este mandato urge hoy ante todo al Sucesor de Pedro y a los Obispos que, en cuanto miembros del Colegio Episcopal, debemos sentir muy a lo vivo la solicitud por la Iglesia universal y la solicitud misionera. Por ello, estamos llamados a promover “toda acción que sea común a la Iglesia, sobre todo, en orden a la dilatación de la fe y a la difusión plena de la luz de la verdad entre todos los hombres… [y]  proveer… a las misiones, no sólo de operarios para la mies, sino también de socorros espirituales y materiales, ya sea directamente por si, ya sea excitando la ardiente cooperación de los fieles” (LG 28).

Según esto, cada Iglesia particular, cada obispo y también los sacerdotes, consagrados y laicos debemos sentir la corresponsabilidad de llevar el Evangelio a todos los pueblos. Dios quiera que en los próximos años podamos enviar a Moyobamba algunos sacerdotes más que refuercen el equipo inicial que forman don Diego y don Ángel Luis. Dios quiera que se ofrezcan también algunos laicos e incluso religiosas. Serán muy bien recibidos también los jóvenes y seminaristas que quieran realizar una experiencia misionera en verano. Todo ello será para mí una alegría muy grande, pues bien sabéis cuantas veces he soñado con este proyecto, que en alguna ocasión denominé Misión diocesana.

La historia de nuestra Archidiócesis es una historia misionera. Sevilla fue el punto de partida de la evangelización de América. No olvidemos nuestra mejor tradición y pidamos al Señor y a su Madre bendita en su título de los Reyes que pronto podamos fortalecer con generosidad esta ayuda misionera todavía incipiente que, sin duda, aportará vitalidad eclesial a la nuestra propia Archidiócesis pues, como bien sabemos, la fe se fortalece dándola.

Para todos, y muy especialmente para nuestros misioneros y misioneras diocesanos y para los dos hermanos sacerdotes que acaban de partir para Perú y Tanzania, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla