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Queridos hermanos y hermanas:

Es posible que más de uno, al leer el título de esta carta semanal se haya preguntado: ¿Qué es APASCIDE? De entrada quiero responder que es una institución menos conocida de lo que debiera, a pesar de ser una obra admirable. Se trata de la Asociación Española de Familias de Personas con Sordoceguera. Dicha Asociación, que es de ámbito estatal, tiene su sede en el término municipal de Salteras, en el Aljarafe sevillano. Allí se asienta la comunidad terapéutica, las personas sordociegas y sus cuidadores, en el Centro Santa Ángela de la Cruz, unidad de día y residencia  para jóvenes y adultos con sordoceguera, todo ello abierto en septiembre de 2010.

Para comprender lo difícil que es la tarea que allí se lleva a cabo, hay que saber qué es la sordoceguera: una discapacidad única, en la que las deficiencias en la vista y el oído en una misma persona, le impiden la percepción del mundo y la comunicación. La consecuencia es que las personas sordociegas quedan aisladas e incomunicadas.

Tanto la Asociación como el Centro, un verdadero milagro de la providencia de Dios, son obra en primer término de un matrimonio, Dolores y Juan Carlos, médicos ambos formados en la Facultad de Medicina de la Universidad hispalense, personas de gran hondura espiritual y de magnifica formación cristiana, que a partir de su experiencia dolorosa con una hija sordociega, y ante la inexistencia en España de centros para estas personas, como fruto de su situación familiar y de su compromiso cristiano, fundaron la Asociación, de la que es presidenta Dolores, y después el Centro, en una propiedad cedida por el Arzobispado de Sevilla.

A mi juicio, se trata de una obra extraordinaria en la que se palpa la cercanía de Dios padre providente y bueno. Los sordociegos son los más pobres entre los pobres, pues están totalmente desconectados del mundo exterior. Necesitan de un mediador en exclusiva casi día y noche. Son una de las periferias existenciales, de las con tanta frecuencia nos ha hablado el Papa Francisco.

El coste de funcionamiento de este Centro es muy grande, y a lo largo de estos años de crisis económica, de la que todavía no hemos salido del todo, las ayudas de las Administraciones públicas han sido insuficientes. La sordoceguera es una discapacidad que requiere mucho personal especializado. Las personas sordociegas reciben la mayor parte de la información y la comunicación a través del tacto.

En estos años, con alguna frecuencia, las dificultades se han hecho más palpables, hasta poner en peligro la viabilidad del Centro. En estos casos se ha visibilizado aún más la providencia de Dios, que no abandona a sus hijos necesitados. A juicio de Dolores Romero, presidenta de APASCIDE, el Centro Santa Ángela de la Cruz cumple una misión que sobrepasa la capacidad de sus promotores. “Cualquiera que haga números –afirma ella- pensaría que estamos locos. Hace falta mucho más dinero del que está concertado. Cada año que vamos consiguiendo salir adelante es un milagro”. Por ello, concluye: “Esta obra no es nuestra, es de Dios”.

Personalmente me siento muy ligado a APASCIDE y al Centro Santa Ángela de la Cruz a raíz de mi visita en marzo de 2011. Nunca había conocido a sordociegos. Conocerlos provocó en mí una profunda y emocionada piedad por estos hijos de Dios tan desvalidos y necesitados. En estos días he estudiado a fondo la bula Misericordiae vultus por la que el Papa convoca el Jubileo de la Misericordia. En ella nos dice Francisco que “la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. Dice también que la Iglesia debe ser la casa del servicio gratuito, la ayuda y el amor. Todo en su vida debe estar revestido por la ternura con que trata a sus hijos,  por su amor compasivo y tierno.

El Papa afirma también que la primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, del que nosotros, hijos de la Iglesia, debemos participar viviendo, la entrega y el servicio humilde, haciéndonos siervos y servidores de los hermanos. Nuestras parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y hermandades deben ser oasis de ternura, llamados a curar las heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. Para ello, el Papa pide al pueblo cristiano que reflexione en el próximo Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. “Será un modo para despertar nuestra conciencia… y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina”.

A las autoridades, a los párrocos, a la vida consagrada, a las instituciones socio-caritativas de la Archidiócesis, a las Hermandades y a las personas, creyentes o no, de buena voluntad, les pido humildemente que ayuden a APASCIDE. Pido también a los Medios de comunicación social que se hagan eco de la existencia de esta institución y muevan a sus lectores a ayudarla.

Con mi gratitud anticipada, para todos mi saludo fraterno y mi bendición.

 

 + Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla