Compartelo:

carta-pastoral-gaudete-796x448

Queridos hermanos y hermanas:

“Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca” (Fil 4,4-5). Con estas palabras de la carta a los Filipenses, se inicia la Eucaristía de este Domingo III de Adviento, conocido como Domingo “Gaudete” o Domingo de la alegría. A lo largo de las dos semanas anteriores, la Iglesia, con tonos graves y severos, nos ha invitado a la interioridad, a la conversión, a la penitencia y al encuentro con nosotros mismos como camino para encontrarnos con el Señor que viene. En los umbrales de la tercera semana de Adviento, cuando faltan once días para la Nochebuena, la liturgia, con fina pedagogía, hace un alto en el camino para animarnos y sostener nuestro esfuerzo en el camino de la penitencia, la reforma interior y la conversión del corazón. Por ello, nos dice con san Pablo: “Que vuestra alegría la conozca todo el mundo, porque el Señor está cerca”.

En la primera lectura de este domingo, el profeta Sofonías invita al pueblo del Antiguo Testamento a regocijarse y a alegrarse porque ve en lontananza la restauración del reino de Israel tras el destierro de Babilonia, pues Dios ha cancelado su condena. Es la alegría a la que en este domingo nos invita la liturgia ante la inminencia de la Navidad, porque el objeto de nuestra espera es nada más y nada menos que Dios mismo que viene a salvarnos, a liberarnos del pecado, a curar nuestras enfermedades, a reconciliarnos con Él y entre nosotros. La esperanza del don que vamos a recibir, de la visita que el mismo Dios nos va a hacer por medio de su Hijo Jesucristo, anticipa ya la alegría que se acrecentará con su llegada.

Nuestra alegría no se cifra ni en las vacaciones, ni en las reuniones familiares propias de los días de Navidad, ni en el consumismo y el derroche, que ofende a los pobres y a los empobrecidos com o consecuencia de la crisis. La raíz profunda de nuestra alegría es el Enmanuel, el Dios con nosotros. Todo lo demás palidece ante la luz de su presencia y la belleza de los dones que nos trae. Con el Señor no hay temor, ni tristeza, ni llanto, ni dolor, ni miedo, ni inseguridad. Él nos conoce, nos comprende, nos acompaña y guía nuestra vida por medio de su Espíritu. Él nos perdona siempre, sin rastro de resentimiento. La alegría de sentirnos perdonados y poder comenzar de nuevo no es comparable con el placer que nos brindan las cosas materiales que con tanta profusión en estos días nos sugieren los reclamos publicitarios. El sentirnos queridos, amados, defendidos y acompañados por el Dios fuerte y leal, omnipotente y amigo de los hombres, nos proporciona la paz que el mundo no puede dar.

Preparémonos, pues, intensamente a recibirle. Apresurémonos a limpiar y a agrandar las estancias de nuestro corazón para que viva en nosotros y sea el único Señor de nuestras vidas. Rompamos las ataduras que nos esclavizan y atenazan, que enfrían nuestro amor a Dios y que merman nuestra libertad para seguir al Señor con un corazón limpio. En el ecuador del Adviento no tenemos tiempo que perder. En la vida ordinaria, cuando nos preparamos para un gran acontecimiento, en los últimos días redoblamos el esfuerzo para que todo resulte como esperamos. Otro tanto nos pide la liturgia en esta segunda parte del Adviento mostrándonos a María, Ntra. Sra. de la O, la Virgen de la espera y la esperanza, como el mejor modelo del Adviento. Que ella, que preparó su corazón como nadie para recibir a Jesús, nos ayude a prepararnos en los días  finales del Adviento para el encuentro con su Hijo, que viene dispuesto a colmarnos de dones, a convertir y transformar nuestra vida, a robustecer nuestra fe y nuestro testimonio ante el mundo de que es Él el verdadero gozo del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones.

En la Navidad que ya adivinamos en lontananza el Señor nacerá en nosotros en la medida en que estemos dispuestos a acogerlo en nuestros hermanos, en los enfermos, en los ancianos que viven solos, en los parados, en los emigrantes y en los que sufren. Comencemos ya desde hoy a descubrir el rostro del Señor en aquellos con los que Él especialmente se identifica. Él, al asumir la naturaleza humana, con su encarnación y nacimiento la ha dignificado. Qué razón tan poderosa en estos días y siempre para entregarnos a nuestros hermanos, para perdonar, para renovar nuestra fraternidad, para compartir con los pobres nuestros bienes, y lo que es más importante nuestras personas, nuestro afecto y nuestro tiempo. Si así lo hacemos, constataremos que es verdad que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35) y experimentaremos la alegría inmensa, recrecida y rebosante que nace también del encuentro cálido y generoso con nuestros hermanos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla